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domingo, marzo 24, 2019

La herida

Vivo en una tierra inocente. Rural, de adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, agachada en la inmensa llanura en la que se ven pocas casas y menos almas. De gente marcada con el fuego de mano de obra barata y sumisa o el de carne de cañón y cuneta, dependiendo, claro, de si el amo la quiere para la paz o para la guerra. Bastante hay con respirar. Salimos a la calle y admiramos felices como cantan los pajarinos, como bucólicos idiotas. Milana bonita. Nos meamos las manos pa que no se nos agrieten. Son muchos años. Demasiados. Como para cambiar.

Vuelven las elecciones y sus encuestas. Vuelve Extremadura a aterrarnos, sin sorpresa ni decepción. Avisados estábamos. Leemos en la encuesta del Hoy que la ultraderecha podría obtener un diputado en Extremadura mientras se esfumaría a la vez la que tenía la tibia socialdemocracia de Podemos. Lo lees y, si conoces nuestros indicadores socioeconómicos, es que no te lo crees. Pero miras alrededor y casa. Joder si casa. El hartazgo, la decepción y el cabreo se nos han venido juntos y han arrollado a una población acrítica y orgullosamente necia. Contradictoria.

El barómetro del CIS del pasado octubre se desgajó por territorios y, al leerlo, se comprueba que rozamos la esquizofrenia (aunque la muestra fuera sólo de 76 paisanos). Aparecen entre los problemas que los extremeños creen tener como comunidad entelequias como las cuitas catalanas, la "política" (en general), la seguridad ciudadana y la inmigración. Después, al preguntar por los problemas que les afectan personalmente estos apocalípticos jinetes desaparecen o se disuelven en la puta realidad: paro, inseguridad económica, pensiones exiguas y sanidad imperfecta.

Todo perfecto para la gente de orden y los españoles de bien, los perennes amos del cortijo: una población incapaz de enlazar causa y efecto, enfureciéndose por cosas que no le afectan y sufriendo sus males como climatología. Ninguna de las personas entrevistadas se acordó de problemas endémicos como las infraestructuras, los recortes, los desahucios, el fraude fiscal, el latifundismo, la ausencia de industria o el sistema judicial. Pocos, y ya como problemas menores, se acordaron de la calidad en el empleo o de la emigración.

Somos una tierra que se desangra por la herida de la emigración, del maltrato y ninguneo de las diferentes metrópolis peninsulares y de una clase política siempre genuflexa ante su rey madrileño, incapaz de luchar por los suyos y eternamente dispuesta a ser la más rojigualda entre las rojigualdas. Y encima a nuestros vecinos les parece bien. Entre Pacos el Bajo vocacionales y egoistas aspiracionales a clase media, casi nadie mira por el bien común. Porque ni hay bien común ni comunidad que valga. No tenemos relato, porque los que relatan son ellos.

Sálvame, Al Rojo Vivo, las reinas de la televisión mañanera y el Radio Macuto de las redes sociales nos han desarmado y destruido. Así se entiende que el extremeño medio crea vivir en un lugar inexistente. Entre anuncios de Securitas Direct y bulos teledirigidos se echan en brazos de quienes no van a dudar en pisarles el cuello. Y mientras, ni un triste medio con el que no ya contraatacar, sino acaso defendernos. Mira uno la televisión local y los toros, la caza,la pesca, el amable regionalismo de sindicalismo vertical y las costumbres y tradiciones no dejan sitio para nada más.

Y así, nos construyen indolentes y apáticos. Ignorantes de nuestra historia común. Como pueblo y como clase. El 25 de marzo se conmemora uno de los hechos de los que más orgullosos podemos sentirnos. Cuando los jornaleros por fin se pusieron en pie y gritaron "¡basta!". Pasará desapercibido, porque así lo quiere quienes mandan en la región. Para poder seguir mandando.

Milana bonita, ayúdanos a ver bambolearse al señorito Iván. A cambiar, a reconocernos. A volver a ser 25 de marzo.




2 comentarios:

Isabel Baltasar Muela dijo...

Me alegro de tu vuelta al blog...si es que lo es...un abrazo

Alicia Vernok dijo...

Lo es, lo es.

Gracias!